19.11.09

Hoteles que me gustaron: El Molino de Alcuneza

Si habitualmente vinculamos el turismo rural con cierto ambiente y un determinado tipo de alojamientos con encanto, después de conocer el Molino de Alcuneza empezaremos a vincularlo también con otra cosa: el lujo o unos servicios propios de un hotel urbano de primera línea.

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Eso sí, por lo que se refiere a su ubicacion más rural no puede ser: el pequeño hotel está en Alcuneza, un minúsculo pueblecito muy cerca (a unos tres o cuatro kilómetros) de Sigüenza, la estupenda villa de Guadalajara de la que ya hemos hablado por aquí en alguna ocasión.

Esto lo hace estar a poco más de una hora de Madrid y ser, por tanto, un lugar ideal para un fin de semana desde la capital.

El Molino de Alcuneza tiene ya cierta solera: lleva abierto unos quince años y eso es mucho tiempo dentro de un mercado como el turismo rural que, aunque hoy por hoy se ha desarrollado mucho y bien, es más reciente de lo que en ocasiones recordamos. Desde entonces ha sido un negocio familiar llevado por padres e hijos pero con criterios muy profesionales, es decir, la gestión no es como la de la pensión de la tía Paca, pero el trato sí, en el mejor de los sentidos.

Instalaciones

El hotel está compuesto por dos edificios: el primero es el original, que data nada más y nada menos que del S XV y fue restaurado en 1994. Tiene nueve habitaciones que coinciden bastante con lo que se espera de un hotel rural de este estilo: decoración personal y cuidada, un ambiente cálido…

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Además, las zonas comunes también se encuentran en esta área: un gran salón – bar en el que relajarse con una copa y el comedor en el que destaca la presencia del antiguo molino harinero que todavía se pone en marcha cuando el río lleva la suficiente agua.

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El otro edificio es mucho más moderno, se construyó hace unos pocos años, y tiene siete suites y una gran suite, todas decoradas y concebidas con una idea más moderna, quizá un punto más fría y menos personal pero igualmente cuidada y con niveles de confort todavía más elevados.

Lo bueno de esta peculiar concepción doble es que permite al cliente elegir qué le apetece: el ambiente más personal y más “rural” del edificio original o el más moderno y “estiloso” del nuevo, todo en un entorno campestre, relajante y muy lejano al bullicio de la gran ciudad.

Algún lujo más

Lo mejor de la ampliación del hotel es que ha permitido dotarlo de algún servicio extra que los clientes realmente apreciarán (aunque yo no tuve tiempo de disfrutarlo). Me estoy refiriendo, sobre todo, a la pequeña pero deliciosa zona de spa, que incluye sauna, baño turco, un fantástico jacuzzi para dos o tres personas e incluso una zona de masaje atendida por una profesional.

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En definitiva, y como les contaba al principio, el Molino de Alcuneza es una peculiar mezcla de ideas y estilos cuyo resultado final es un hotel de bastante calidad que ofrece a sus clientes un poco más de lo que es habitual encontrar incluso en la banda alta del turismo rural.

Una opción muy interesante para escapar un fin de semana de la locura de Madrid, para un encuentro de empresa (muy habituales según me contaron) y, por supuesto, para conocer una comarca con lugares muy interesantes como la propia Sigüenza, las Salinas de Imón o Atienza.

MÁS
Web del hotel Molino del Alcuneza.
Mis fotos del hotel en Flickr.
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14.11.09

De Sarria a Portomarín, caminando entre prados

Para aquellos que hacemos el Camino en su versión “mini” y empezamos a “sólo” 112 kilómetros de Santiago, la primera etapa son los 25 kilómetros, aproximadamente, que separan Sarria de Portomarín. No es el día más complicado de este tramo final del camino y, por el contrario, resultó bastante gratificante aunque, como en las demás, llegase al final hecho una auténtica piltrafilla.

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Curiosamente, empezamos a andar con algo de frío (y eso que no madrugamos), aunque el cielo estaba completamente despejado la temperatura era baja y nada nos hacía prever que pasaríamos la mayor parte del día en mangas de camisa. De hecho, creo que lo más destacado de ese día (y de buena parte de los siguientes) fue disfrutar en el mes de octubre de un tiempo casi más propio de agosto, al menos en Galicia.

El Camino salía de Sarria por la parte alta de la población (la más bonita, por cierto) y tras uno primeros tramos más dubitativos se empinaba notablemente en mitad de un bosque y, ya en una parte más alta, se adentraba en el paisaje por el que íbamos a estar andando a lo largo de todo el día: zonas de orografía suave en las que se iban alternando regularmente los prados y las zonas boscosas.

En mitad de la cuesta, por cierto, se encontraba uno de los árboles más hermosos que íbamos a ver en los cinco días de viaje y, como todavía no estaba muy desecho por el cansancio, paré a hacerle la correspondiente fotografía.

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Una de las diferencias de esta etapa del camino es que casi todos los bosques son de castaño o roble, mientras que en los días siguientes lo más habitual eran los eucaliptos que forman arboledas muy agradables pero, para mi gusto, algo menos bonitas, supongo que por ser menos frondosas o quizá porque se trata de árboles que, de puro rectos, resultan menos fotogénicos.

Momento culminantes del día fue la comida, no tanto por el menú, que la verdad es que no estuvo nada mal y por un precio más que razonable, sino por el lugar que encontramos y que es, sin duda, una de mis recomendaciones más claras de los cinco días de camino: la Bodeguilla de Mercadoiro.

Se trata de un restaurante situado junto al camino y con un bonito toque modernorural, una terraza la mar de agradable para comer y, sobre todo, una maravillosa pradera de césped en la que relajarse al sol una vez cumplido el trámite de llenar la panza.

Compartíamos espacio con un grupo de peregrinos, jóvenes extranjeros y guitarreantes (aunque hay que reconocer que bastante tranquilos y hasta simpáticos), y un par de niños más porculeros a los que perfectamente les habríamos podido cantar el famoso verso de Serrat: “Niño, deja ya de joder con la pelota”.

Pero ni los chavales gritones consiguieron romper el apacible encanto del césped, las hermosas vistas y el sol tibio que hicieron que ponerse en marcha de nuevo fuese un esfuerzo infernal para superar una pereza poco menos que inmensa.

De lo que quedaba de etapa lo más llamativo, además de descubrir que con unos cuantos kilómetros en las piernas las bajadas son casi peor que las subidas, fue la llegada a Portomarín, un pueblo desplazado por el embalse del Miño que tiene a su vera y al que se entra a través de un elevado puente en el que, cuando el agua está baja, se ven los restos de otro mucho más antiguo por el que a sabe cuántos peregrinos debieron pasar.

Como el actual Portomarín es nuevo no tiene el encanto de otros pueblos del Camino, no es que sea feo, que no lo es en absoluto, pero sí le falta algo o tiene cierta artificiosidad que quizá no percibiríamos si no conociésemos la historia pero que, sabiéndola, es inevitable sentir.

Eso sí, en el centro de la plaza está San Nicolás, la peculiar iglesia – fortaleza que afortunadamente no olvidaron en la vieja ubicación del pueblo (fue traída piedra a piedra desde allí, como un templo egipcio que huyese de la presa de Asuán) y que, además de detalles hermosos como la decoración de su puerta, tiene una particular e interesante belleza en su forma, mitad de ermita mitad de castillo.

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8.11.09

Viajalinks: de los pueblecitos de Madrid al espacio y, si es necesario, en pareja

Nuestra sección semanal de links nos lleva hoy a cosas tan distintas como los pequeños pueblos de Madrid que siguen guardando ese carácter rural que parece tan lejano en la capital… y el primer hotel en el espacio exterior, que abrirá en 2012 y va adelantando algunos datos curiosos.

Turismo rural al lado de Madrid, pero rural rural, oiga
No es por hacerle la pelota al director de Estamos en fin de semana, Pedro Madera, pero su reportaje en el Ocho Leguas de El Mundo sobre la madrileña localidad de Campo Real está bastante bien y, sobre todo, es una de esas cosa que nos recuerda que no hace falta volar 14 horas a un paraíso tropical para hacer turismo.

Al espacio exterior

Y a los que no haya convencido con mi defensa del turismo cercano tendrán muy pronto (o al menos más pronto de lo que casi todos esperábamos) la posibilidad de viajar nada más y nada menos que al espacio exterior. Por tres o cuatro millones de dólares de nada podrán volar (bueno, orbitar) a 48.000 kilómetros por hora y ver 15 amaneceres cada día.

Trucos para viajar en pareja… y seguir siendo pareja
¿Cuántas parejas no se habrán roto tras un viaje demasiado ambicioso o no suficientemente pensado? La gente de Gadling, preocupada por nuestra estabilidad sentimental nos pasa una serie de razonables consejos sobre los viajes en pareja. Yo de ustedes los seguiría, por si acaso (en ingles).

Cosas que NO hay que hacer en París...
A pesar de que todo el mundo las haga: una curiosa y divertida provocación sobre los topicazos de París en la que se proponen ideas tan “rompedoras” como que no hay que ir a ver la Monalisa. Con algunas estoy de acuerdo, pero en mi modesta opinión no deben dejar de subir a la Torre Eiffel ni de hacer el crucero por el Sena (en ingles).

La queimada y sus conjuros


También en Matador, como el anterior (siento la repetición), un curioso artículo sobre la queimada gallega, en esa línea de cosas que me gustan por descubrir cómo se habla de nosotros por ahí fuera. En este caso concreto, creo que o bien el escritor se lo ha creído demasiado o bien exagera un poco para que quede mejor, pero vale la pena leerlo (en ingles).

El turismo del Muro de Berlín

Una de las mayores vergüenzas del mundo durante casi treinta años se ha convertido, ahora que ya no está físicamente en pie, en un peculiar reclamo turístico que es, probablemente, una de las rutas más seguidas de Berlín. Este 9 de noviembre se cumplen veinte años desde el maravilloso día de su caída y es un buen momento para asomarse a los principales puntos de esta ruta: nos los ofrece en un reportaje breve pero interesante Diario del Viajero.
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3.11.09

Las Salinas de Imón: sorpresa blanca en pleno campo castellano

Hace unas semanas estuve dando un paseo por tierras de Guadalajara para preparar una de mis intervenciones en Estamos de fin de semana. Ya conocía Sigüenza, que fue el principal protagonista del reportaje radiofónico, pero me llevé un par de agradabilísimas sorpresas en sus alrededores y una de ellas fueron las Salinas de Imón, un singular lugar en mitad de un paisaje muy castellano en el que la sal pone una inesperada nota blanca.

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Se trata de un lugar muy antiguo o que, al menos, se explota desde hace muchos siglos: los romanos fueron los primeros en aprovechar las virtudes del Río Salado que, como cabría esperar por su nombre, es el que da origen a este peculiar paisaje o, más exactamente, el que ha permitido al hombre crearlo.

Además, desde entonces en Imón ha venido obteniéndose sal hasta hace bien poco y, de hecho, en los últimos dos o tres años se vuelven a explotar en parte, aunque en cantidades muchísimo más modestas que en sus mejores momentos, por ejemplo cuando gracias al diezmo de estas Salinas pudo levantarse un edificio tan notable como la catedral de Sigüenza.

El visitante atento percibirá ambas cosas: la importancia que tuvieron las salinas en su momento (sólo hay que fijarse en el imponente tamaño que tienen) y su completa decadencia que es, desde mi punto de vista, una parte de su romántico encanto: todo tiene una sensación de semi-abandono ruinoso que, junto con la soledad que suele respirarse (lo más se cruza uno con un par de curiosos aquí y otro allá) le confieren un aire muy especial.

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Un ambiente al que contribuyen y no poco los viejos almacenes, que también impactan por su tamaño, o las curiosas construcciones circulares en mitad de las salinas, unos y otros prácticamente derruidos pero dando todavía una impresión bastante certera de la importancia que debería tener el lugar y la cantidad de gente que debería trabajar allí.

Hay algo en todas estas ruinas que transmite también una indefinible sensación de abandono precipitado, no sé por qué, pero las viejas maquinarias de madera corroída por la sal me daban la sensación de haber sido abandonadas de forma súbita, como por sorpresa, como si ellas mismas esperasen ponerse de nuevo en marcha de un momento a otro… desde hace decenas de años.

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Por supuesto, todo esto enmarcado en un paisaje blanco que nos llama poderosamente la atención, probablemente porque no estamos acostumbrados a encontrarnos lugares similares en el interior y menos aún en mitad de los áridos campos castellanos, aunque la verdad es que no es algo tan infrecuente como podríamos pensar.

Un paisaje, por cierto, con grandes posibilidades fotográficas que lamentablemente no pude exprimir por falta de tiempo (siempre con la maldita prisa) pero que resultaba muy estimulante, tanto abriendo el foco y mostrando lo extraño del pequeño mar de sal en su entorno, como cerrándolo para centrarse en la propia sal y en las formas caprichosas que puede llegar a tomar.

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Todo eso, claro, con mucho cuidado para sobreponerse a la locura que tanto blanco y tanto brillo causarán en el fotómetro de nuestra cámara.

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Mis fotos de las Salinas de Imón
Otro reportaje sobre el lugar
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2.11.09

Viajalinks: Madrid tiene “bad rap”

La selección de enlaces de esta semana nos lleva desde Madrid, que para nuestra sorpresa tiene "Bad Rap" hasta Babia, pasando por los mejores hoteles del mundo o por el nuevo "hermano pequeño" del Transcantábrico que FEVE va a poner en marcha. Y de postre, setas.

Madrid, una ciudad con “bad rap”, pero que merece la pena
Jaunted.com elige 5 destinos con “bad rap” a los que merece la pena ir: Oackland, Detroit, Nápoles, Kingston (Jamaica) y, sorpresa, Madrid. Bad Rap Una expresión que podríamos traducir por “mala fama” por dos razones: por ser un “paraíso de los ladrones” (yo esto lo veo un poco exagerado) y, literalmente, porque “muchos de los hombres son patanes lascivos”, lo que aleja a las mujeres que viajan solas.

Eso sí la conclusión es que merece la pena ir porque es una ciudad bonita, llena de arte impresionante en la que se come muy bien y hay mucha marcha.

Los ingleses están en Babia
El periódico británico The Guardian dedica un bonito reportaje nada más y nada menos que a la región de Babia, en León, uno de los grandes olvidados de España. Llamativo e interesante para descubrir si España todavía puede ser algo así como exótica.

Los ocho rostros de Bruselas
En el suplemento de viajes de El Mundo encontramos un artículo a Bruselas, una ciudad que los lectores de este blog ya “conocen” y que en este caso se ha dividido en ocho “rostros”, desde el institucional del “barrio europeo”, hasta el de las viñetas o el de la buena vida.

Los mejores hoteles del mundo
La tradicional clasificación de Travel&Leiure con los mejores hoteles del mundo agrupados por zonas se ha hecho pública y en Diario del Viajero nos resumen lo más importante de la lista. Envidiosos abstenerse.

Jornadas gastronómicas en Castilla y León sobre las setas
Aprovechando que el otoño es época de hongos y demás un buen grupo de restaurantes de Castilla y León (pueden ver aquí el listado completo) celebran durante esta semana unas jornadas gastronómicas de esas en las que a uno le gustaría entrar con cinco kilos de menos.

El expreso de la Robla se pone en marcha, por fin
Tras un cierto retraso FEVE pone en marcha en este mes de noviembre el Expreso de la Robla, un tres turístico a imagen y semejanza del Transcantábrico que llevará a sus pasajeros de Bilbao a León en invierno y de Gijón a Santiago en verano, en un trayecto de cinco días. Por supuesto, además hay visitas turísticas, comidas y cenas en buenos restaurantes… vamos, todo un lujo para los amantes del tren.
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