30.8.09

Un viaje a una parte muy oscura de la historia

La historia forma parte de muchos de nuestros viajes, un porcentaje muy alto de los monumentos, edificios y ciudades que visitamos tienen la raíz de su interés en que han llegado a nosotros desde un tiempo ya muy lejano, en que son históricos.

Sin embargo, a pesar de la emoción histórica que podemos sentir en destinos como Roma o Egipto, en muy pocas ocasiones se nos da la oportunidad de realizar un viaje no a un lugar con un pasado que recordar o con bellezas de hace cientos o miles de años, sino a la historia misma.

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Y esto es, exactamente, lo que nos propone 1984, un “encantador” lugar cerca de la capital de Lituania, Vilnius, en el que podemos viajar a la antigua URSS y sentirnos como un ciudadano del imperio comunista, es decir, como una auténtica mierda, con perdón.

La cosa tiene pinta de ser de lo más realista, y el escenario elegido para desarrollar el “show” parece inmejorable: un bunker antinuclear de la era soviética construido en los años ochenta. Durante dos horas los visitantes son tratados como auténticos ciudadanos de la URSS, es decir: sin libertad, sin derechos, recibiendo órdenes y, tal y cómo nos avisa su propia página web, en caso de desobederlas “se pueden recibir castigos psicológicos y físicos”.

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Según la web de 1984, el Channel Five de la tv inglesa lo calificó como “la más extraña atracción turística de Europa”. Probablemente lo sea, pero también debe ser una de las más lectivas, más aún: para mucha gente que todavía cree en la bondad de ciertos tipos de totalitarismo debería ser obligatoria.

Viajes para aprender, aunque duela

Y es que soy de los que creen que los viajes son, entre otras muchas cosas, oportunidades excelentes para aprender. Pero muchas de las cosas que es necesario o conveniente saber en esta vida no son agradables, ni tan siquiera bellas o simplemente llamativas: las hay desagradables y terribles, pero esas son, quizá, las que es más necesario aprender.

Por ejemplo, uno de los sitios a los que iré en algún momento de mi vida es a Auschwitz, y no estaría de más poder visitar de una forma similar Kolyma. Eso sí, no estoy seguro de que en ninguno de los dos sitios estuviese dispuesto a una experiencia tan “realista” como la que nos propone 1984, pero tampoco creo que fuese necesaria.
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28.8.09

Un lugar en el que la naturaleza y el hombre se dan la mano: el puerto de Beniarrés

Descubro casi por casualidad que la próxima Vuelta a España va a pasar por el Puerto de Beniarrés, un pequeño paso de montaña que une las provincias de Alicante y Valencia y que tiene, creo yo, una belleza particular, espectacular pero al mismo tiempo algo casera, ese tipo de belleza propia de los paisajes que han construido en armonía el hombre y naturaleza.

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Se trata de un puerto que he recorrido en infinidad de ocasiones y en todas y cada una de ellas lo he contemplado y disfrutado, casi diría saboreado. La última fue hace unos días y además lo hice a pie (no completo, pero sí buena parte) teniendo la oportunidad de detenerme en los detalles y de hacer unas cuantas fotografías.

El puerto destaca por dos elementos: el primero la presencia de la Peña de Benicadell, una bellísima montaña coronada por dos enormes murallones de piedra que crean una cresta rocosa realmente impresionante cuando se llega a su pie o a su cumbre, y que nos ofrece vistas magníficas cuando la contemplamos desde la propia carretera.

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Se da la circunstancia curiosa de que Benicadell tiene un pequeño pero importante papel en la historia, o si me apuran dos: el primero por una cueva, la Cova de l’Or (Cueva del Oro) que es uno de los yacimientos prehistóricos más importantes de la Comunidad Valenciana e incluso de España, ya que era uno de los primeros lugares en los que se habían encontrado pruebas de una incipiente agricultura y, por lo tanto, es considerado una de las puertas del Neolítico en la península.

Y la segunda cita con la historia la tuvo cuando en sus laderas había un castillo (del que no se conservan restos, al menos que yo sepa) que servía como una de sus bases al mismísimo Cid Campeador, e incluso aparece citada en el Cantar del Mio Cid, si bien con el nombre de Peña Cadiella:

Alegre era el Çid & todas sus compannas
que Dios le ayudara & fiziera esta arrancada.
Davan sus corredores & fazíen las trasnochadas,
legan a Gujera & legan a Xátiva,
aun más ayusso a Deyna la casa;
cabo del mar tierra de moros firme la quebranta,
ganaron Penna Cadiella las exidas & las entradas.

La zona fue tomada por el Cid en su conquista de Valencia y después por el rey Jaime I, pero todavía conserva multitud de nombres de origen y resonancia árabe: la propia Benicadell, Beniarrés, Benimarfull, Almudaina, Alcoy, Albaida…

Pero volviendo al puerto, no se crean que he olvidado el segundo de sus encantos: las laderas, divididas en pequeños bancales que las escalonan desde las cimas de las colinas hasta lo profundo de los barrancos. Es tierra de minifundio y hay bancales en los que se ha peleado con la tierra para plantar tan sólo dos o tres olivos.

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El terreno se ha aprovechado al máximo y cada ganancia se protege de la fuerza del viento y, sobre todo, de las lluvias, que pueden llegar a ser torrenciales en la zona. Así, cada bancal, con su pequeño grupo de olivos, está terminado con un margen (traduzco así del valenciano “marge”, aunque no estoy seguro de que se le dé el mismo significado en castellano) que es un muro de piedras de un color gris que se torna azulado a según qué horas y según qué días, colocadas simplemente una encima de otra sobre el borde del campo sin unión ni argamasa alguna, pero con un arte y una sabiduría que los hace capaces de retener a la tierra en su lugar antinatural.

Tan compleja y necesaria era esa labor que ser “margenero” era todo un oficio del que se podía vivir, aunque hace ya unos años que murió el último "margenero" y ahora, poco a poco, los márgenes se van quebrando aquí y allá, y la tierra se desgarra ladera abajo como por una herida.

También se va abandonando el campo, pues ya casi ni el muy sufrido olivo es lo suficientemente rentable, así que supongo que en unos años la naturaleza irá retomando su terreno y, como pasa en lo altos de las sierras que en su día también fueran tierra de labor, el paisaje escalonado del Puerto de Beniarrés se irá perdiendo.

Será una lástima pero al menos nos quedarán la Peña… y el recuerdo.

PD.: Toda la vida se le ha llamado a éste lugar Puerto de Salem (nombre que por cierto le da cierta resonancia a brujería), pero en la web de la Vuelta se le ha puesto Puerto de Beniarrés y, además, sí encuentro por internet referencias con ese nombre y no con el otro. Explicado esto, que no se me enfaden los de Salem.

Y no dejen de ver mis fotos del Puerto de Beniarrés en Flickr.
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24.8.09

Cuando viajar y fotografiar es un asunto de pareja

Estoy preparando un viaje con unos amigos (ya les contaré más detalles cuando llegue el momento) y ayer mismo uno de ellos me avisaba de que mi afición por la fotografía me podía costar tener que dar alguna carrera “si te paras media hora a hacer una foto”.

La verdad es que ir acompañado de un fotógrafo aficionado debe ser algo de lo más molesto: ahora me paro aquí, ahora doy la vuelta por allí, me agacho me levanto me subo a un banco, vamos a quedarnos media horita que la luz será mejor… Y las que más lo sufren son nuestras parejas, pacientes seres que han depurado el arte de “esperar un minuto que hago una foto” hasta llevarlo a un grado digno de todo encomio.

No obstante, tampoco conviene abusar más de lo necesario de la paciencia de nadie, así que me han parecido especialmente adecuados (y divertidos), los consejos que he encontrado en Backfocus
(no recuerdo cómo, lo siento), un blog sobre fotografía que parece bastante interesante y que desde ahora está en mi RSS.

Los consejos del autor del artículo, Miguel Michán, son estos (no dejéis de leer las explicaciones más detalladas en la fuente original):

- Ve al viaje con los deberes hechos, planifica.
- Aprovecha los amaneceres, tendrás un mínimo de dos horas hasta que tu pareja se despierte y podrás reservarle el atardecer a el/ella.
- No hagas fotos porque sí.
- Hazle fotos a tu pareja.
- Regálale una cámara. (Éste lo ha recomendado una lectora en los comentarios, pero he de decir que a mí no me ha funcionado mucho).
- Estas de vacaciones, que se note, descansa.

Además, de mi propia cosecha añadiría un par más:

- Obtén algún resultado tangible después del viaje: haz ampliaciones, prepara un libro de los que ofrecen todas las webs de revelado, incluso una presentación que colgar de la web o mandar por correo… algo que se pueda “tocar”, que puedas compartir con tu pareja, que él/ella disfruten como propio y que también sirva para recordarles ese estupendo viaje.

- Intenta explicarte: si tu pareja no es aficionada a la fotografía no sólo se aburrirá esperándote sino que, además, no entenderá qué necesidad hay de hacer todas esas gilipuerteces que haces cámara al ristre, si le cuentas que cruzas la calle para que salga tal o cual cosa o que la foto está mucho mejor si haces esto y lo otro, seguirá necesitando paciencia y siendo un santo o una santa, pero quizá se sienta algo más implicada en el tema y, sobre todo, le cueste algo menos ser comprensiva o comprensivo.

Y, sobre todo, que no se nos olvide que, como bien dice Miguel, “el mundo no se va a acabar por que un día dejes la cámara colgada del hombro y te limites a disfrutar del lugar, la compañía y todo lo demás”.
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20.8.09

La irresistible atracción por el desierto

Pese a su naturaleza agreste y hostil, o quizá precisamente por ella, los desiertos me han resultado siempre un atractivo lugar al que viajar, aunque en realidad los he conocido muy poco y no he hecho, todavía, ningún viaje “al desierto”.

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Pienso en ellos porque he encontrando en Odee, un peculiar blog de listas del que creo que ya les he hablado, un post sobre los 10 desiertos más fascinantes del mundo que me hace desear una vez más viajar y fotografiar a alguno de ellos, especialmente a ese cercano y al mismo tiempo tan lejano Sahara.

Y eso que el Sahara ha sido de lo poco que he visto del desierto, obviamente en mi viaje a Egipto en el que la presencia del desolado mar de piedra y arena es una constante, aunque sea como fondo del decorado, aunque los templos y el propio Nilo le hurten el protagonismo.

Sin embargo el desierto siempre está ahí, unos metros más allá de las Pirámides, si levantamos la vista por encima del vergel de las orillas cuando navegamos por el río, incluso nos adentramos literalmente en él (un desierto lleno de turistas, que no es lo mismo, claro) al visitar lugares como el Valle de los Reyes o el impresionante templo de Hapshetshut.

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Incluso en algunas partes del viaje el Sahara se yergue en protagonista, aunque la mayor parte de los turistas no se preocupen en apreciarlo: es el caso del trayecto entre Asuán y Abú Simbel, sobre el que ya publiqué un artículo y en el que, para los que sepan apreciarlo, contemplar la inmensa desolación del desierto, su aparente y demoledor vacío, resulta un auténtico placer.

Desiertos que están (o estuvieron) llenos

Aunque casi ninguno lo esté realmente, hay desiertos que traicionan a su denominación con una rica historia, épocas en las que estaban llenos de gente cuyos vestigios todavía podemos encontrar y que hace que nos preguntemos cómo podían vivir allí y, sobre todo, qué comían y bebían.

Es el caso de uno de los puntos más famosos del desierto de Judea, Masada, de la que también he escrito por aquí y que está en uno de los lugares más desolados y bellos que he conocido en mi vida. Un desierto que tiene además la ironía de tener un lago con abundante agua… pero que ésta esté más que salada: desde la propia Masada la vista alcanza a contemplar ese otro peculiar desierto acuático que es el Mar Muerto.

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¿Hay que viajar tan lejos para conocerlos? No, desde luego, en España tenemos zonas como Los Monegros (al menos hasta que construyan allí Las Vegas baturras, si es que al final lo hacen), la hollywoodiense Almería y una zona que no sé si es propiamente un desierto pero cuyo paisaje, con esa desolación oscura y bella, transmite sensaciones muy similares: Timanfaya y su rocosa soledad, un lugar absolutamente mágico, minúsculo comparado con el Sahara, pero que se nos presenta con la misma grandiosidad, con esa inmensidad que quizá sólo los desiertos pueden hacernos sentir.

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FOTOS
Vean mis fotografías de Timanfaya en Flickr.
Y también las de Masada.
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16.8.09

Dos sobre el turismo sexual, una de ellas sin gracia

Encuentro por la red dos noticias sobre turismo sexual que, pese a ser bien distintas, agruparé en un único post, ya que, al fin y al cabo, tienen como tema principal la misma pulsión humana.

La primera, más preocupante en cierto sentido, nos habla del importante aumento de mujeres que están eligiendo África como destino para el turismo sexual. La cosa resulta sorprendente, aunque no es tan nueva como podría parecer.

No me parecería un tema problemático (si una mujer adulta quiere disfrutar así de sus vacaciones no seré yo el que la critique, allá ella con su cuerpo y las precauciones sanitarias que tome), sin embargo, parece ser que muchos menores están tomando parte de esta “fiesta”, concretamente las estadísticas de UNICEF hablan de hasta un 30% de niños entre 12 y 18 años relacionados con este turismo sexual y con redes de prostitución.

Si bien no es extraño que las estadísticas de la ONU y sus organismos estén un poco infladas, la cifra sería aterradora incluso si introducimos un factor de corrección fuerte.

En un plano más intranscendente y divertido tenemos lo que está ocurriendo en la villa austriaca de Fucking, un pueblecito de la región de Alta Austria que ha recibido una indeseada fama gracias al significado en inglés (no es necesario que se lo traduzca, ¿no?) de su nombre, cuya etimología germana no tiene, evidentemente, ningún tipo de connotación sexual.

Pues bien, tras enfrentarse a la plaga de graciosos que robaban la señal de carretera de entrada al pueblo ahora Fucking tiene, al parecer, otro problema, tal y como señalaban en Viaja Blog:

Se ha puesto de moda entre las parejas visitar el cartel y grabar escenas pornográficas con el nombre del pueblo como imagen de fondo. Algunos se ellos se han colgado en páginas de internet
Si bien este algo menos costoso para las arcas municipales este tipo de publicidad no ha sido muy del agrado de los habitantes de la villa, que deben estar hartos de la tontería, así que han “contraprogramado” colocando cámaras de seguridad en los letreros, una medida que, la verdad, no sé hasta que punto hará desistir a los pornógrafos.
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14.8.09

Experiencias del Ramadán en Estambul

Descubro navegando por ahí que en unos día comenzará el Ramadán, ya saben, el mes sagrado de los musulmanes; y con tal motivo he recordado lo que podríamos denominar mis “experiencias de Ramadán”, que tampoco es que sean muchas como no lo son mis visitas a países musulmanes, pero que sí son una parte interesante de lo que fue mi viaje a Estambul, hace ya algunos años.

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Resulta que, sin saberlo, llegamos a la capital turca el mismo día (o un día antes, no estoy seguro ahora) de que empezase el mes sagrado, así que toda nuestra visita transcurrió en ese tiempo de significado especial para los mahometanos (palabra, por cierto, mucho más sonora y bonita que musulmanes).

Lo primero es, creo, aclararles que, al menos por lo que a Estambul respecta, viajar en Ramadán no supone ningún problema especial para el viajero, todo lo más que en la mayoría de los bares se negarán a servirle alcohol, unos sin mucha más ceremonia, dándolo como un hecho incontrovertible: es Ramadán, ergo no se bebe; otros explicándose y disculpándose en que “está mal visto” o “podríamos tener problemas”.

La cosa no tiene mayor importancia y, si me apuran, le da un sabor especial a la cerveza que podamos encontrar en alguna esquina recóndita. Durante el viaje, por ejemplo, descubrimos un pequeño hotel en el barrio de Sultanahmed cuyo bar estaba en la última planta, con una terraza maravillosa con vistas a la Mezquita Azul, Santa Sofía, el Bósforo y el Cuerno de Oro (vamos, la repera).

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Al no estar al nivel de la calle y ser convenientemente discreto no tenían problemas en servirnos unas furtivas cervezas que, eso sí, nos cobraban a precio de oro: unos cinco euros por cada una, si la memoria no me engaña, cantidad por la que se podía cenar en la mayor parte de los restaurantes de la ciudad. A pesar del precio las espectaculares vistas y el placer cuasi clandestino del alcohol justificaron varias visitas.

Cuando un hilo blanco no se distingue de uno negro

Curiosamente, a pesar de nuestros reiterados pecados con el alcohol en las alturas, lo más parecido a una experiencia mística que tuvimos durante nuestro viaje fue también en una terraza: la de la Torre Gálata, una de las más conocidas atracciones turísticas de la ciudad.

Se trata de una vieja torre, muy restaurada eso sí, en cuya cima se abre una terraza que ofrece unas maravillosas vistas de la parte europea de Estambul y el Cuerno de Oro. Allí subimos una tarde con la intención de pasar un buen rato hasta la puesta de sol y la noche.

Como ustedes sabrán, durante el Ramadán el buen musulmán tiene la obligación de cumplir ciertas prohibiciones desde la salida a la puesta de sol, entre ellas no comer o practicar sexo. La prohibición concreta su fin de una forma ciertamente poética, pues según la tradición acaba “cuando un hilo blanco no se distingue de uno negro” y ese momento es celebrado con especial énfasis en Estambul.


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Así, a la puesta de sol y cuando una luz mágica embellecía la ciudad pero hacía ciertamente complicado distinguir entre un hilo blanco y otro negro, un petardo sonaba sobre los tejados y con él se disparaban los rezos desde los muchísimos minaretes, una increíble mezcla de salmodias que empezaban con el conocido Allahu akbar y que iban variando en distintas e incomprensibles formas y tonalidades que, escuchadas desde la altura de la torre, componían un tapiz de sorprendente musicalidad.

No soy religioso, y menos aún musulmán, pero el momento tenía una innegable espiritualidad.

La feria de Sultanahmed

Puede que durante el día se sometan a una abstinencia bastante severa, pero la noche del Ramadán es una verdadera fiesta. Y no sólo en sus casas particulares con las correspondientes reuniones familiares sino que, al menos en Estambul, había auténticas ferias por los barrios, con su música, sus casetas y, sobre todo, cantidades ingentes de comida.

Casi todas las noches pasábamos un rato por la de la Plaza de
Sultanahmed: paseábamos, probábamos alguna nueva comida o nos comprábamos unos dulces y participábamos, aunque fuese como meros espectadores que no acaban de entender todo lo que pasa, del ambiente festivo.

Y todo al pie de la Mezquita Azul, nada más y nada menos.

A la mañana siguiente todos volvíamos, los indígenas al recogimiento y la abstinencia (al menos teóricos), y nosotros al “turisteo” habitual y a buscar bares en los que, por Alá, se atreviesen a servirnos una cerveza bien fría.

FOTOS: Vean mi selección de fotos de Estambul en Flickr.
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11.8.09

Museos de Nueva York o razones para visitar la Gran Manzana (III, el Guggenheim)

La versión neoyorquina del Guggenheim fue el primer museo de la ciudad que visité, antes de llevar 48 horas en Nueva York. Lo hice por dos razones que en aquel momento resultaban de importancia similar: ver por fin un edificio (y que edificio) de uno de mis arquitectos más admirados (el genial Frank Lloyd Wright)… y tener un sitio en el que refugiarme del frío y el viento que me estaban masacrando desde horas antes.

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Centrándonos en el museo en sí, que es de lo que he venido a hablarles, como diría el genial Paco Umbral, la neoyorquina fue la primera sede en la que la Fundación Solomon R. Guggenheim expuso su colección de arte moderno. Aunque en sus inicios en 1937 no lo hacía en su actual y maravillosa sede, que fue inaugurada en 1959, poco después de la muerte de su autor, de forma que Lloyd Wright no vio terminada la que desde entonces ha sido considerada una de sus grandes obras maestras.

El edificio original (en 1992 se amplió adosándole una torre rectangular con un resultado más que dudoso) está dominado por una enorme espiral que podemos ver desde el exterior y que, ya sólo al intuirla de fuera, nos llama poderosamente la atención.

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En el interior esa espiral es un gran rotonda, acabada en un techo de cristal y en cuyas paredes se colgaban los cuadros de la colección (ahora se dedica a exposiciones temporales). Así, la peculiar experiencia para visitar el museo no era el típico pasar de una sala a otra, sino que se entraba en la gran rotonda, se subía al último piso y desde allí se bajaba descendiendo por la suave pendiente y sin dejar de ver cuadros.

En definitiva, un museo completamente diferente.

Además de esa experiencia tan distinta a la hora de contemplar las obras de arte, el Guggenheim es en sí mismo una creación que merece ser contemplada y, sobre todo, disfrutada: a pesar de lo revolucionario de la propuesta el edificio es (y era más todavía antes de la ampliación del 92) una maravilla de equilibrio y elegancia y podríamos mirar durante hora su exterior de formas suaves y casi sin detalles, de blanco cemento que parece.

La colección

El Guggenheim es, probablemente, el más grande de los museos “pequeños” de Nueva York. Pequeños si los comparamos con mastodontes como el Metropolitan o el MOMA, pero de singular importancia si tenemos en cuenta que son, al menos en su origen, el resultado del afán coleccionista de un único individuo y, sobre todo, de su esfuerzo filantrópico para hacer de esa colección privada un espacio para que el público disfrutase del arte.

También son, y eso es algo que me encanta, la demostración clara de que no es necesario que el estado subvencione y patrocine a los artistas, sino que esa es una función que puede cumplir perfectamente el sector privado y, además, al final el gran público puede disfrutar de ese arte.

Foto:www.guggenheim.orgEn el caso del Guggenheim, aunque la fundación original era la creación de un único amante del arte, Solomon R. Guggenheim, la colección se ha ido ampliando con otras donaciones y otras colecciones (tanto que ahora se encuentra esparcida por otros cuatro museos del mundo, entre ellos el de Bilbao que ustedes conocerán).

En Nueva York la exposición permanente es un no muy extenso pero sí muy intenso paseo por lo mejor del arte de los siglos XIX y XX, comenzando por varias obras maestras del impresionismo, incluyendo un par de Van Goghs; pasando por algo de lo más granado de Picasso tanto de su etapa más figurativa (impresionante la “Mujer planchando”) como de su diferentes momentos cubistas; recreándonos en varios maravillosos Kandinskys y disfrutando, en suma, de obras de prácticamente todas las vanguardias del S XX.

El número de cuadros expuestos no es muy alto así que podemos cumplir una visita muy provechosa en una tarde o parte de una mañana que nos darán para contemplar con atención tanto las obras como el edificio.

Para el resto del día crucen la Quinta Avenida y paseen por Central Park. ¿Pueden imaginarse un programa mejor?



MÁS INFORMACIÓN

Página oficial del Guggenheim de Nueva York
Frank Lloyd Wright en la Wikipedia

En esta serie:
Museos de Nueva York: I, el Metropolitan
Museos de Nueva York: II, el MOMA
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8.8.09

Segorbe y su sorprendente museo sobre su sorprendente fiesta

Durante este verano y gracias a la invitación de un buen amigo, pasé unas horas (lamentablemente no hubo tiempo para más) en la localidad castellonense de Segorbe, un pueblo grande que se siente a sí mismo como una ciudad pequeña y que tiene una oferta turística con el encanto de lo primero y la calidad de lo segundo.

Me llevé además dos buenas sorpresas: la primera, una fiesta llamada "Entrada de toros y caballos” totalmente inesperada porque nunca había oído hablar de ella; la segunda, un museo sobre ese festejo cuyo tamaño, calidad y buen gusto me habrían llamado la atención en una capital de provincia de 100.000 habitantes, así que imaginen ustedes en una localidad de 10.000.

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Yendo por partes, lo primero que tengo que explicarles un poco es la fiesta en sí, a pesar de que yo todavía no he tenido la oportunidad de conocerla en directo. Se trata de una versión más antigua de los encierros que podemos ver en Pamplona y otras muchas localidades españolas.

Pero, a diferencia de la fiesta pamplonica, lo que ocurre en Segorbe está basado en la historia y en las fiestas taurinas tal y como se celebraban hace muchos muchos años. Entonces no había sitios en el pueblo en los que guardar a los toros hasta las corridas, así que cuando llegaban al pueblo desde las dehesas en Andalucía y Extremadura los tenían en el río y, el día de la lidia, los llevaban hasta la plaza guiando la manada con caballos, en un estilo de lo más cowboy.

Y así es la espectacular fiesta hoy en día: un grupo de hombres a caballo recogen a los toros en el río y atraviesan a galope el pueblo, un pueblo en el que no hay barreras protectoras de ningún tipo y que está lleno de gente. Milagrosamente, o al menos eso nos parece a los que no entendemos mucho del tema, es rarísimo que se produzcan heridos, aunque cualquiera que vea las imágenes apostaría a que en cualquier momento se va a desatar la masacre:



Meter toros, caballos y fiesta en un museo

Toda esta fiesta está sorprendentemente bien explicada en lo que han dado en llamar Centro de Interpretación de la fiesta de Toros y Caballos, aunque todo el mundo por allí lo llame museo.

Lo primero que vemos en él es una elegante reproducción, casa por casa y calle por calle, del recorrido que sigue el encierro desde el río hasta el corazón del pueblo. A lo largo de él se ofrecen varios vídeos con las explicaciones pertinentes. También podemos ver alguno de los elementos típicos de la fiesta con los datos que nos ayudan a entender su papel en la fiesta: el traje que llevan los caballistas, el propio caballo, incluso los garrotes típicos de Segorbe.

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La segunda planta del museo tienen una zona expositiva con carteles e imágenes y, sobre todo, una sala circular en la que se ofrece un interesantísimo y peculiar vídeo con cinco películas que se proyectan simultáneamente y que, pese a ser diferentes, forman un estético conjunto.

No quiero que me interpreten mal, pero es muy difícil encontrar en un museo de una localidad ten pequeña como Segorbe este tipo de montajes hechos con el buen gusto y la elegancia que tiene éste. Baste como ejemplo que no sólo me gustó a mí, sino que mi hija de sólo dos años y medio se quedó también fascinada por las imágenes, en arrobado silencio durante los cinco minutos, aproximadamente, que dura la proyección múltiple.

En definitiva, una razón más, y creo que habrá otras muchas, para acercarse a Segorbe.
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5.8.09

De nuevo en el Oceanográfico, esta vez con niños

Creo que es la primera vez que voy a repetirme en este blog, es decir, que voy a hablar de algo de lo que ya he hablado. El sitio es el Oceanográfico de Valencia y hay un par de razones que me impulsan a traerlo de nuevo a esta página después del artículo que le dediqué en agosto del 2005, y ya hace.



La primera de ellas es que por aquel entonces no tenía una SRL digital que me permitiera sacar fotos con un mínimo de garantías; la segunda que tampoco tenía un conocimiento mínimo de Photoshop para adecentarlas algo; y la tercera que no tenía (qué cantidad de carencias) una maravillosa hija de dos años y medio que le diese otro sentido a la visita.

Por lo demás, he visto con cierta sorpresa que el artículo de entonces se parece mucho al que escribiría ahora, con la única excepción de que habría añadido algunos pequeños consejos para una visita con un niño tan pequeño como mi hija.

Consejos por lo demás que son cuestión de sentido común y que, por supuesto, les ofrezco ahora:

- Organice su visita teniendo en cuenta la limitada capacidad de atención del niño, es decir, hay que prever que si ven todo el Oceanográfico hacia el final ya no podrá escapar del aburrimiento, así que elija lo mejor (los tanques subterráneos, desde mi modesto punto de vista) para iniciar el recorrido.
- Además, no dedique demasiado tiempo a cada zona o lo fatigará muy pronto.

- Centre la atención del pequeño en unas pocas cosas que luego pueda recordar y, en cierto modo, aprender.

- Invierta algo de tiempo en estar pronto en el delfinario y tener un asiento bajo y cercano para el espectáculo de delfines.

- Tenga cuidado, especialmente si visita el lugar en verano, con los cambios de temperatura entre algunas de las zonas a visitar y el exterior.

- Por supuesto, trate de evitar los días (como los fines de semana del verano) en los que es probable que haya mucha gente.
Por lo demás, del resultado de la solución de mis carencias fotográficas pueden ver algo en esta galería (sí, ya sé que todavía hay mucho que mejorar):

Get the flash player here: http://www.adobe.com/flashplayer

O, por supuesto, en el slideshow del set en Flickr.


Y no olviden leer el viejo artículo, que sigue siendo igual de válido que hace cuatro años.
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