27.4.09

Las playas no son para el verano

Aquellos que lean con cierta asiduidad este blog sabrán que, por decirlo de alguna forma, soy un tanto “rarito” en mis preferencias viajeras; así que tampoco les extrañará tanto que les diga que me gustan las playas, sí, pero no en verano.

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Les cuento esto porque, por motivos que poco o nada han tenido que ver con el turismo, este fin de semana he estado en la playa de Gandía, y he de decir que en estos días fuera de temporada, resulta un lugar muy interesante, relajante, con un toque de agradable abandono, sin los agobios y los amontonamientos propios del verano.

Así, aun sin poder bañarse, tienes la sensación de que todo el mar está a tu disposición, y paseas por la arena prácticamente sólo, viendo corretear libremente a tu niña (caso de tenerla) sin tener que preocuparte de que llene de arena a alguna osada vieja en topless o de que pase por encima del castillo de arena de otro pequeñín.

Además, también están confortablemente vacías y desiertas las pequeñas ciudades (algunas no tan pequeñas) que se han construido alrededor de las playas, con sus edificios altos de apartamentos, sus locales de venta de bikinis, sus restaurantes de bufet libre y sus diversas atracciones para los turistas (que no es lo mismo que atracciones turísticas).

No hay muchos bares y restaurantes abiertos, pero suelen ser los mejores, aquellos que no viven sólo de la avalancha veraniega y, además, hay sitio para comer, cenar o, simplemente, tomar una cerveza o un café frente al mar.

Por supuesto reina un silencio agradable, casi mágico, que no pueden romper los pocos coches y que permite que el sonido de las olas meza nuestro sueño como si durmiésemos a diez metros del mar. No hay cuadrillas de borrachos, ni tuneros con el subhúfer a toda mecha que nos sobresalten en plena noche o en la hora sagrada de la siesta, ni hay karaokes o terrazas musicales y, por no haber, ni siquiera está la mujer que llama a gritos a Jéeeeeeesssssiiiiicaaaaaaaa.

Ya sé que por todo esto se paga un precio que para algunos es alto, casi insoportable: no puedes bañarte en el mar (o, al menos, tienes que ser un auténtico valiente para hacerlo) y tampoco suele ser el momento propicio para tostarse al sol. Ambas son actividades respetables e incluso puedo llegar a practicar la primera en determinados momentos (la segunda jamás), pero he de decirles que en la mayoría de las ocasiones eso no me compensa por los agobios, los ruidos y los calores de la playa veraniega.

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Por último, sólo en esas circunstancias es posible sacar fotos decentes del mar, sin la marea humana que impide ver otra cosa que un amontonamiento de sombrillas y cuerpos sudorosos. Y sobre los cuerpos, no se engañen, aunque nos pueda parecer lo contrario porque tendemos a autoengañarnos las garotas de Ipanema (o los garotos, ustedes ya me entienden) son una minoría en un ambiente fofo, peludo y celulítico.

Así que al final, si es sólo por eso, tampoco vale la pena.
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21.4.09

En el camino, ¿un libro de viajes?

Hace un par de días he terminado de leer En el camino, la novela más conocida de Jack Kerouac y una de las más famosas de la “generación beat”. Además, y aunque no he leído demasiado a ese grupo (ésta y algo de Burroughs, tengo pendiente a Ginsberg), probablemente una de las mejores, al menos resulta más equilibrada que el visceral (en el sentido literal del término) Burroughs y bastante más legible.

Supongo que se estarán ustedes preguntado porque les hablo de un libro, un tema más propio del nuevo (y excelente) blog de mi amigo Francisco Jódar, pero si en este rincón de la blogocosa hablamos de viajes es lógico que también hablemos de la literatura de viajes e incluso, llegado el caso, de los viajes en la literatura.

Porque, si quieren que les sea sincero, no sé si En el camino es un libro de viajes, una novela de viajes, una novela sin más o ninguna de esas cosas. Es cierto que en buena parte de su páginas transcurren en varios viajes, pero no lo es menos que no responde a los estándares a los que estamos acostumbrados en los libros escritos por viajeros.

Claro que ni Kerouac ni sus acompañantes son viajeros al uso.

El libro refleja, de un modo un tanto peculiar y con un estilo muy personal que es sin duda uno de sus aciertos, los viajes del escritor a través de Estados Unidos, la mayoría en compañía de Dean Morarty, seudónimo de Neal Cassady, un personaje que fue amigo de prácticamente todos lo miembros de la generación beat y cuyo comportamiento compulsivo y alocado nos va llevando de San Francisco a Nueva York, de Nueva York a Nueva Orleans, a Denver o a México.


Lugares de los que no sabemos mucho más después de que Kerouac y sus compañeros los hayan visitado, pero de los que sin duda habremos saboreado (creo que es la palabra más adecuada) su atmósfera y su ambiente, no conocemos sus monumentos y menos aún sus museos o cosa parecida, pero sí el latido sordo que recorre las noches de las ciudades y configura buena parte de su carácter.

De todas formas, el protagonista del libro no es esta o aquella ciudad sino el hecho de viajar, de desplazarse sin otra razón que hacerlo, de estar en la carretera o en el camino no para llegar aquí o allá sino por el puro placer del viaje y de la compañía de los amigos. En ese sentido, es probablemente el libro más viajero que se pueda leer: en él (y con él) se viaja sin casi distraerse con los lugares por los que se pasa.

Personalmente, lo que mas me ha gustado son sus descripciones y como éstas se insertan en la narración casi frenética del viaje, con metáforas muy originales e imágenes de una llamativa viveza, como cuando dice (tomo uno de los primeros ejemplos que se me ocurren): “La línea blanca del centro de la autopista se desenrollaba siempre abrazada a nuestro neumático delantero izquierdo como si estuviera pegada a sus estrías”.

En definitiva, una lectura muy estimulante, agradable y que seguro que les dará muchas ganas de viajar, aunque no nos quede otro remedio que sustituir las polvorientas planicies de los Estados Unidos por las no menos polvorientas y no menos planas (pero sí mucho más domésticas) carreteras rectas de La Mancha.

No sabemos si es literatura de viajes, pero ¿a quién le importa?

PD.: La primera foto es la portada de una primera edición de En el camino y la he tomado de la web de la librería Bromer; la segunda es el inicio del manuscrito de Kerouac y es cortesía de la web de la National Public Radio.
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19.4.09

¿Y qué es lo que más te ha gustado?

Seguro que a ustedes, como a mí, les han hecho esa pregunta tras alguno de sus viajes. Después de visitar un país como Egipto, por ejemplo, te preguntan qué es lo que más te ha gustado y te dejan en la solitaria e ingrata tarea de rechazar de un plumazo templos, pirámides, callejuelas cairotas o al maravilloso Nilo.

O tras conocer Estambul te ves forzado a escoger entre mil increíbles mezquitas; o si no, quizá todavía más complicado, vuelves de Nueva York, y te toca decidir si tu corazón está con Central Park, con el perfil de Manhattan sur o con un maravilloso atardecer en la cumbre del Empire State.

Además, tengan cuidado porque ésta suele ser una pregunta aparentemente inocente, pero irremediablemente con trampa. Es una cuestión con la que nosotros mismos somos los cuestionados y, en realidad, nuestro interlocutor sólo quiere comprobar si somos tan vulgares como para que nos guste lo que a todo el mundo o tan redichos como para elegir un extraño museo o un pequeño monumento del que él no ha oído ni hablar.

Cuando me hacen a mí la pregunta tras un viaje concreto me suelo quedar más con alguna sensación, con un momento que por alguna razón resultase especial, que con este o aquel monumento. De hecho, normalmente tal o cual iglesia, este o aquel monumento, o ese museo tan impactante estarán allí si volvemos a ese lugar dentro de un tiempo, así que lo que es irrepetible son las sensaciones especiales que algo nos haya provocado por algún motivo casual.

Así por ejemplo, Notre Dame seguirá al borde del Sena si vuelvo a París, pero será difícil que viva en ella un momento como el que viví hace unos años, cuando por casualidad me encontré en una misa con la música del órgano a todo volumen hasta un punto tal que los graves retumbaban dentro de mi pecho como si estuviese junto a los altavoces de una discoteca bakaladera.

Puede que sea mucho menos conocido dentro de los circuitos turísticos, pero recuerdo otro momento especial que tuvo como lugar el puerto de Hamburgo, en una terraza flotante dentro de las propias aguas del Elba, tomando un café con leche y viendo la asombrosa maniobra de atraque de un inmenso carguero de Maersk. Todo en un día primaveral (que ya es cosa rara en Alemania) y con la compañía de un gran amigo.

Nueva York es la ciudad de los momentos cinematográficos, no sólo porque es relativamente sencillo dar con un rodaje en pleno Manhattan sino porque toda la Gran Manzana es como un inmenso plató en el que nos ocurren cosas como encontrarnos con la pista de hielo del Rockefeller Center todavía en marcha a principios de abril y con dos patinadoras ensayando una coreografía con los sones del New York, New York en la voz del mismísimo Frank Sinatra. Créanme si les digo que me parecía estar soñando.

Y ya que hemos mentado Egipto al principio del post, también allí hubo un momento especial: quedarme absolutamente sólo dentro de la sala de las momias reales del Museo de El Cairo, tras compartir el reducido espacio con un ruidoso grupo de estudiantes estos se marcharon y me dejaron allí contemplando a Ramsés, Seti y algunos de sus antecesores y predecesores.

He dicho antes que estaba sólo, pero lo mágico del momento fue que, en el silencio sepulcral de la pequeña sala me sentí en compañía de personas (cuando ves el pelo rojo de Ramsés sientes sin duda su humanidad, que era un individuo real, de carne, hueso y cabellos), y de personas que habían atravesado milenios enteros para estar junto a mí.

Díganme si eso es o no especial.
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16.4.09

Los diez mejores destinos para mezclar turismo y vino

Aunque es de suponer que debe ser un mercado al que la crisis esté golpeando con cierta dureza (como casi todos lo demás, por otra parte) el turismo relacionado con el vino es una de las tendencias que ha crecido en los últimos años, así que no es mala idea echar un vistazo a la lista de los diez mejores destinos para viajes “vinateros” que ha publicado Forbes.

La buena noticia es que en este top ten mundial hay un lugar de España, las Bodegas Ysios, en La Rioja, que ocupan un meritorio séptimo puesto. Ysios es una de las varias firmas de la zona que han inaugurado en los últimos años espectaculares sedes muy orientadas al turismo y firmadas por grandes arquitectos, en este caso Santiago Calatrava, pero también el famosísimo Frank Gehry, uno de cuyos espectaculares edificios es la flamante sede de la “Ciudad del Vino” de las bodegas Marques de Riscal.

En el resto de la lista me llama la atención que ningún país repite presencia y también resulta llamativa (aunque no tanto como al articulista que Gadlin donde encontré este tema) que no haya ningún lugar en Estados Unidos, especialmente después de lo mucho que se ha dado a conocer el turismo del vino en ese país tras la exitosa película “Entre copas”.

Como dice el escritor de Gadling, (Tom Johansmeyer): "¿Nada de Sonoma? ¿Nada de Napa? ¿Ni siquiera romper la norma con Oregón?". Y antes de ser muy duros con él y con su “nacionalismo vitivinícola” sepan que de nuestro representante español dice que debería estar más alto en la lista, así que no es mal chico del todo.

Para aquellos que, en el mejor sentido del término, sean buenos aficionados a las botellas, aquí tienen la lista completa:

1. Castello Banfi, Toscana, Italia.
La verdad es que viendo su página web la cosa no puede tener mejor pinta, eso sí, la “oferta” para las vacaciones de primavera es de 1.000 euros por tres noches, me temo que la mayoría de nosotros tendrá que esperar al Euromillón.
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2. Viña Montes, Valle Colchagua, Chile.
Una de las bodegas más famosas de Chile, según parece. Diríase al ver su web que algo menos enfocada a los turistas que la italiana. En cualquier caso, no rechazaríamos una amable invitación.

3. Ken Forrester, Stellenbosch, Sudáfrica.
Sí, el país más rico y avanzado del continente negro además de a Charlize Theron nos ofrece algunos grandes vinos y, consecuentemente, grandes bodegas. Y con la naturaleza salvaje de África a un paso, no suena mal, ¿verdad?
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4. O. Fournier, Mendoza, Argentina
Otra tentación en tierras suramericanas, además tienen también una bodega en la Ribera del Duero española en la que están construyendo (o al menos tienen en proyecto) un hotel y un restaurante de lujo. Eso sí, nos tendremos que conformar aunque no tengamos tener los Andes como telón de fondo.
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5. Leeuwin Estate, Margaret River, Australia
Una bodega australiana que tiene la peculiaridad de que no sólo recibe visitantes sino que incluso organiza grandes conciertos. Ya han tocado allí artistas de la talla de Roberta Flack, Sting o… Julio Iglesias, así que anden con cuidado.

6. Felton Road, Central Otago, Nueva Zelanda

7. Bodegas Ysios, Rioja, España

8. Quinta do Portal, Valle del Duero, Portugal.

9. Chateau Lynch-Bages, Burdeos, Francia.

10. Peter Jakob Kuhn Oestrich, Rin/Mosela, Alemania.

PD.: Las imágenes han sido tomadas de las respectivas páginas web de las bodegas.
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12.4.09

Hoteles que me gustaron: Alma Hotel en Bruselas

Funcionalidad, confort, una excelente situación y un precio muy competitivo, de acuerdo que no es uno de los establecimientos más glamorosos que he visitado, pero si lo que usted quiere es un buen alojamiento en Bruselas sin gastarse mucho dinero el Alma Hotel es una opción que debe considerar.

Se trata de un hotel de tres estrellas situado muy cerca de la Grand Place y que es nueva construcción a pesar de estar en pleno centro histórico de la ciudad. Por fuera tiene un aire de edificio industrial del S XIX curioso, no es llamativamente hermoso pero tampoco nos resultará desagradable.

Por dentro es un hotel moderno, eminentemente funcional y con una decoración más bien espartana e impersonal, diríase que pensada simplemente para no molestar. Las camas son cómodas con el pequeño defecto de una almohadas muy pequeñas y blandas para mi gusto, pero eso es sólo mi gusto personal y, además, se pueden pedir más en recepción.

El cuarto de baño es espacioso, pero sin bañera, algo que para mi tampoco supone ningún problema . Por lo demás, es bastante confortable e incluso con un cierto toque de diseño agradable.

La limpieza es impecable, tanto en la habitación como en el cuarto de baño o en las zonas comunes.

Pero lo mejor del hotel es su situación: esta a unos 50 metros de la Grand Place de Bruselas, y no me refiero a los 50 metros o 5 minutos de tantos folletos turísticos que luego se convierten en unos cuantos centenares que sólo Usain Bolt recorrería en menos de un cuarto de hora.

Esta situación inmejorable, su limpieza, su confort y su precio (un habitación doble me costó 70 €) lo convierten en una opción muy interesante para aquel que desee conocer la capital de Bélgica y pasar allí unos días.
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10.4.09

En el corazón de la naturaleza virgen, en Muniellos

Me doy cuenta hoy de que se me ha pasado el aniversario de la segunda etapa de este blog, que renació de sus cenizas el seis de abril del 2008. También sirve el aniversario para percatarme no sin cierta sorpresa de que en estas 52 semanas y casi 130 artículos (no son tantos como me gustaría pero no está mal del todo) no he hablado ni una sola vez de Asturias, que es una de mis regiones favoritas de España.

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He estado dos veces en el Principado, una con sólo 14 años o así, en uno de mis primeros viajes turísticos de verdad; la segunda mucho más tarde ya con mi mujer. Aunque no sea demasiado lógico en ambas realicé un trayecto muy similar, un poco por recordar aquel primer viaje al que me une mucha nostalgia, un poco porque mi mujer viese todo aquello que a mí me había gustado tanto y también, supongo, por cerciorarme de que todo seguía más o menos como lo habíamos dejado casi dos décadas antes.

Hubo, eso sí, una adición al programa que fue visitar la Muniellos, un rincón de naturaleza prácticamente virgen en la montaña asturiana. Muniellos es una Reserva de la Biosfera de la ONU desde el año 2000, por lo que para visitarlo hay que pedir cita con antelación y sólo se permite el paso de 20 personas cada día.

Aunque en un principio no habíamos tenido plaza, hubo suerte y se produjo alguna cancelación que nos permitió estar en la lista. Una buena fortuna que luego se transformó en mala, ya que el día antes me puse un poco enfermo con algo de fiebre y el mismo día el viaje se convirtió en una larga tortura a través de carreteras en obras y puertos con espesa niebla.

Así que entre unas cosas y otras llegamos a Muniellos con menos tiempo del que nos habría gustado y en un estado físico mejorable. A pesar de ello nos pusimos a andar en cuanto pudimos y muy pronto nos encontramos entre el espeso bosque de robles que abarrota los valles que forman la Reserva.

Era un día gris y húmedo, aunque no llovía, y el bosque parecía respirar de esa humedad y exhalarla en forma de un vapor que nos envolvía y nos empapaba como antes había empapado todo a nuestro alrededor: troncos, musgos, rocas, hojas y plantas.

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Nunca he visto una frondosidad como la Muniellos, entre los hermosos robles crecía un sinfín de plantas, arbustos, musgos, helechos… Nosotros estamos más acostumbrados a la sequedad del pinar mediterráneo, así que aquello nos parecía más una selva que, además, se extendía montaña tras montaña y valle tras valle. Una selva que nada tiene que ver con el bosque prefabricado y un tanto artificial de las repoblaciones, esas hileras de árboles ordenados que en Muniellos habían dado paso al azar necesario del que surge la naturaleza.

Sabíamos, aunque por supuesto no los vimos, que en esas espesuras se mueven el oso pardo, el lobo, el jabalí y muchos otros animales salvajes y casi diría que míticos. Pero no se trata tanto de verlos como de tener la certeza de que eres tú el que se está adentrando en su territorio, de que, en cierta forma, las tornas han cambiado, eres el intruso.

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Nuestro paseo, acortado por el cansancio y por la posibilidad de quedarnos sin luz para la vuelta (y por la mucha carretera que teníamos por delante hasta Somiedo) sólo nos llevó hasta una plataforma rocosa que había que cruzar ayudándose por unas cuerdas allí instaladas y que nos ofrecía una vista más amplia de la inmensidad verde que nos rodeaba.

Una inmensidad que nos habría gustado seguir explorando, ir mucho más lejos en el verde en el interior de la naturaleza y sintiéndonos, en lugar de ratas de ciudad, como un explorador de Conrad que se adentra en el oscuro y húmedo corazón de la selva.

Pero, ay, teníamos que volver.
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6.4.09

Elemental, querido Sherlock

Si usted es amante del misterio, de las novelas policíacas y seguidor del (con el permiso de Maigret, Poirot y Marlow) detective más famosos de la historia, estoy convencido de que le encantará pasar una noche en el Park Plaza Sherlock Holmes de Londres. Un hotel que, además, está situado en Baker Street (donde si no), una ubicación que, además de sus resonancias míticas, está bastante céntrica en Londres, cerca de Regents Park y Hyde Park.

Se trata de un establecimiento de cuatro estrellas que hasta hace no mucho pertenecía a la cadena Hilton y cuyas 119 habitaciones se han reformado recientemente para ofrecer una estética y una atención que combinan (leo de su página web) “una elegancia moderna y un estilo tradicional”.

Imágenes de una de las Junior suites del hotel, cortesía de su página web

Los precios no parecen disparatados para lo que me han contando que suele ser habitual el Londres: alrededor de 110 euros la noche, aunque es obvio que a esto nos ayuda el muy favorable cambio actual de la libra esterlina.

Por último, el hotel ofrece las Murder Mistery Dinners (cenas de asesinato y misterio) en las que por unos 75 euros se puede disfrutar de una cena de tres platos, las correspondientes bebidas y una serie de espectáculos (suponemos que relacionados con la figura del peculiar detective cocainómano creado por Conan Doyle) ofrecidos por actores profesionales.

Y ni tan siquiera es necesario esta alojado en el hotel para participar en una, aunque el pack con el alojamiento está muy bien de precio: alrededor de 150 euros.

Vía Gadling.
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4.4.09

Plazas del mundo: en el corazón de la ciudad

Las calles estrechas se abren y se crea un espacio amplio, cuadrado, redondo, rectangular a veces e incluso de forma extrañamente irregular en otras ocasiones, es una plaza, centro de la vida de la ciudad en el pasado, lugares turísticos por excelencia en el presente.

Después de conocer Bruselas he reflexionado sobre como algunas ciudades se unen en nuestra memoria a su plaza o sus plazas. Y es que, además de su belleza, pareciera que por un extraño procedimiento de destilación en ellas se hubiese concentrado buena parte de lo mejor (y en ocasiones de lo peor) del carácter y el sabor de cada ciudad.

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¿Qué plazas se acumulan y dominan en mis recuerdos? Por supuesto la Grand Place, supongo que por su deslumbrante belleza y por ser la última que he conocido. Pero no es un tema solo de cercanía en el tiempo: seguro que tardaré mucho en olvidar esa imagen de los edificios iluminados reflejándose en los adoquines húmedos por la eterna lluvia, con el Ayuntamiento destacando como una inmensa catedral laica.

Roma es también ciudad de plazas, empezando por supuesto por la del Vaticano, una de las más grandes del mundo y, sin dudarlo, una de las más bellas también, pero con el aire artificial de algo que no ha sido creado precisamente para pasear o vender cosas y que hace que uno prefiera la mucho más pequeña del Campidoglio, cuya recoleta belleza es el premio justo (generoso, creo yo) que uno recibe tras el esfuerzo de subir la Cordonata.

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¿Más? Sí, mucho más: la de España que es quizá el verdadero centro de Roma, la pequeña y maravillosa plaza en la que está el Panteón, las cálidas plazoletas del Trastevere

Las de Nueva York son radicalmente diferentes y quizá sea la americana más ciudad de largas avenidas que de plazas, pero ¿qué sería de la Gran Manzana sin Times Square? Fue el primer lugar que vi de Manhattan y en ese instante saliendo del metro me di cuenta de que estaba ya irremisiblemente enamorado de esa ciudad.

La esencia de Nueva York está en Times Square, sus edificios "masivos" y sus aceras repletas, pero cuando estén allí no dejen de visitar otras dos plazas: la que forma el delicioso Bryant Park en la parte trasera de la gran Biblioteca Pública de la calle 41, con sus terrazas y las sillas en las que la gente lee, se conecta a Internet y juega al ajedrez y al backgammon; y Union Square, a la altura de la 14, donde la ciudad lanza hacia el norte su cuadrilátero de inmensas manzanas y en la que los neoyorquinos bailan, quedan y escuchan imposibles mítines políticos a favor y en contra de los más insospechados temas.

En Estambul están también las plazas, claro, pero parte de su protagonismo lo han usurpado los bazares. No obstante, la gran ciudad del Bósforo tiene la inmensa plaza que merece y de la que muy pocos lugares pueden presumir: la de Sultanahmed, con dos de las maravillas del mundo mirándose frente a frente a través de los siglos: Santa Sofía de un lado y la Mezquita Azul del otro. No creo que haya en el mundo un lugar en el que dos edificios tan bellos y tan impresionantes estén separados por una única plaza prácticamente peatonal, salir de cualquiera de ellos y caminar cinco minutos para llegar al otro será uno de los momentos mágicos que vivirán cuando visiten la antigua Constantinopla.

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Y por último (más que nada porque en algún momento hay que acabar) no muy lejos de Estambul está la ciudad que, en cierto sentido, es ella misma una plaza, es decir, un lugar en el que confluyen corrientes que llegan desde distintos puntos: Jerusalén. Pero, ¿tiene plazas la capital de Israel? Hay una en la parte nueva en la que palpita el corazón de la ciudad actual más que el de la eterna: la de Zion, siempre repleta de gente que se busca, o que sólo busca o que simplemente pasea.

Y hay dos a las que se mira todo el mundo, separadas por unos pocos metros en altura y no muchos más en distancia: la Explanada del Templo y, a su pie, el Muro de las Lamentaciones. Tampoco sé si son éstas plazas en el sentido que habitualmente le damos al término, pero estoy seguro de que su espíritu lo es, como es muchas más cosas.

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Pocas más tiene la Ciudad Vieja, algunas pequeñas hay sí, en la confluencia de varias callejas y con niños musulmanes jugando un tanto desarrapados; o en las terrazas de Barrio Judío por las que se puede pasear y en las los que juegan niños judíos, de diferente aspecto pero parecidas diversiones: a esas edades no hay tantas diferencias.

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